Un domingo de fútbol


Recién llegados, cogimos nuestras Coca-Colas y empezamos a beber. No hay otra señal de que la charla de tasca empieza. Y que el fútbol puede que casi todo lo cope. Cansados, como viejas glorias de vestuario; bajo un azulejo precioso del Cristo de los Gitanos, el de la Salud, con túnica sin bordar, sin oro que distraiga y te aparte la mirada de su tez morena, directa, seria; reunidos en torno a la mesa de plástico del patio, con una piscina a los pies, pero sin meterse en ella, por lo menos hasta que se acabe la primera tanda de latas de Coca-Cola, empezamos a criticar, a elogiar y a recordar años pasados por los banquillos, a gente de este mundillo tan pintoresco y especial, y otros especímenes que han revoloteado alrededor nuestra en estos años.

El mayor de nosotros, el dueño de la casa, con alguna cana puesta, más cansado y con las piernas más ajadas que los otros dos jóvenes, siempre sirve para conocer otro fútbol, el de hace años. El del barro que ya no hay. Porque compartir hemos compartido banquillos, pero él lleva años de ventaja en esta historia. Vieja usanza sale por su boca, otro estilo y otra manera, menos pedagógica, aunque moderna en su tiempo. Da gusto escucharlo hablar como habla del fútbol que ve, de su fútbol. Muy apartado ya del césped le siguen brillando los ojos cuando habla de su viejo y negro Calavera, de sus Mares de Pino Montano o del primerizo Giralda, donde llegó a tener a sus hijos jugando. Los otros dos, más jóvenes y entrados en kilos, le escuchamos, nos reímos de él cuando divaga con historias de la mili, de la puta mili, y no paramos de discutir recordando a tal equipo, a tal jugador o a tal personaje. Le criticamos su pesimismo, su visión ya desgastada del fútbol y, a veces, incluso de la vida. Pero le entendemos. Perfectamente.

Mi otro compañero, el único que sigue ahí al pie del cañón mordiendo la cal del área técnica, no para de ofrecerme volver, como si fuera fácil rechazar ni siquiera un cuarta andaluza… No es fácil, pero es lo mejor, porque la tranquilidad de ver el fútbol desde otro enfoque, desde las alturas, desde la seguridad de no quemarte por más cerca que veas el fuego y la frialdad del que ya ha pasado, disfrutado y sufrido tantísimo en muy poco tiempo, no está pagado con nada. Sus ojos brillan cada vez que habla de sus jugadores. Siempre tuvo pasión por todas sus plantillas. El más ilusionado en cada pretemporada, a veces incluso llegando a pecar de iluso, es capaz de empujar a un equipo y lanzarlo en verano al abismo si hace falta con tal de no fallarle al compromiso. Unas veces con más fuelle y otras con un poco menos, por lo menos el suficiente. Pero no será por falta de ganas. También con las piernas llenas de palos por zancadillas –pero este de las trampas que ha tenido, no de haber sido futbolista como el más viejo-, tuvo que frenar y pensar qué estaba haciendo, a quién se debía. El tiempo vale y hay que saberlo pagar. Y si el dinero no ha sido durante años el motor de los que nos hemos dedicado a esto, qué menos que el respeto y la compostura cuando hay dedicación. A lo mejor es momento de cobrar por los servicios prestados y motivarse con un caché, apoyarse en una barra y escuchar ofertas. El cansancio también frena, pero no desilusiona, es lo que tiene el fútbol.

Y de mí ya podéis saber bastante, por lo que le ahorro texto al lector y reengancho con las conversaciones que en la tarde del domingo tuvimos. Se salta de una a otra discusión sin apenas darnos cuenta, metiendo política por medio, el fútbol de la tele unas veces y otras veces el de verdad, el de nuestras historias. No hay guion, ni se sigue un patrón claro. Simplemente se recuerda, se comparan futbolistas, se discute cómo está la cosa y se echan pestes por la boca de la gente que hace tal cosa en el fútbol o de la gente en general. Porque llega un momento que, cuando estás muy quemado, o te han acercado demasiado la antorcha para quemarte, lo único que te queda es despotricar del que sea y como sea. Aunque después se matice de alguna forma o te repliquen, y entonces te desdices dándote cuenta de que la pasión del recuerdo te ha llevado lejos.

El fútbol, que es lo que nos ha reunido con tantas Coca-Colas y ahora con una piscina, parece como si se estuviera pudriendo.
–Yo no hubiese permitido eso a ese chaval, por lo menos cuando yo estuve en ese club- larga alguno criticando la actuación de quien sea con un jugador.
Pues si no se hace así, a ver cómo se hace, porque no es lo mismo la cantera del Sevilla o del Betis que un club como el tuyo o como en el que está este- replica el otro con toda la razón del mundo. El más veterano es bético, los otros dos somos sevillistas.
Y aunque no pongamos soluciones a nada de todo lo que hablemos en casi siete horas, por lo menos nos quedamos tranquilos diciendo cómo tendría que ser. Y aunque nunca lleguemos tampoco a saber si tendríamos razón o cuál de los tres estaba más acertado, por lo menos nos hemos desahogado, y hemos soltado por la boca lo que a lo peor otro cualquier compañero no se atreve a decir ni a escuchar. Porque si algo malo tiene esto del fútbol es que hay mucho trápala y mucho “amigo” que te escucha amablemente, pero que después larga a tus espaldas lo que haga falta para desmontarte el chiringuito, porque hay que ser sincero y la gente te pide sinceridad, salvo que les jodas, que entonces es que eres un tocapelotas y no se puede ser tan políticamente incorrecto. Hay que tener cuidado hablando. Y eso quema. Por eso, cuando nos metimos en la piscina, que ya hacía falta por culpa de esos 40 graditos domingueros, salía humito conforme íbamos avanzando en la conversación. Las verdades del barquero, que diría aquel. Eso es lo mejor de la charla de tasca que tenemos siempre que nos reunimos. Es verdad que también metemos “cosas menores” como las hipotecas, el trabajo o las mujeres de nuestras vidas, pero eso no es tan importante como una discusión sobre el sistema que debería de hacerse en tal club con tal plantilla.

Qué palo te vas a pegar cuando vuelvas, Antonio- le avisa Selu.
Las cosas han cambiado mucho y muy rápido- le intento aclarar yo.
Por eso no cogería un equipo como primer entrenador, que no quiero, vamos.- Nos dice él mientras yo me río y Selu le deja el guante de ser su segundo entrenador.
 La pedagogía, la metodología, el fútbol, los clubes, el negocio en el que se ha convertido esto sin importar una puta mierda el valor más importante, la chavalería, convirtiéndolos en simple mercadería, ha cambiado muchísimo en muy poco tiempo. Incluso yo, temporada y media fuera de un vestuario, tengo que escuchar y ver cómo se hacen las cosas cada vez que puedo, porque no se para, esto se ha convertido en algo exageradamente tecnificado, al punto de ser ridículo y con un nivel de profesionalización abrumador. Se olvida de la realidad: es un juego. Un juego en el que se juega con niños, aunque nos partamos los cuernos creyéndonos profesionales, esa pasión desenfrenada y ese deseo casi utópico que nos ronda la cabeza no podemos volcarla sobre los jugadores, porque es injusto, porque es un juego. Más que un juego, pero un juego.

-Pues a ti no te pega ese club, tío- me incrimina uno.
-A mí es que nunca me ha gustado su filosofía…- me dice el otro.
-Allí se gana. Y me han tratado de escándalo desde que llegué. Me gusta mucho. Aunque os entiendo, no es un club que caiga bien y sé perfectamente por qué.- puntualizo sobre mi postura.
-Yo es que no sé cómo no te vienes conmigo y entrenas otra vez. Y ahora cobrando, que ya es hora. Porque si todo lo que estás currando no te lo pagan… ¡es que manda huevos!- me insiste Selu.
-Ver los toros desde la barrera, cuando puedo y cuando me apetezca, sin ningún compromiso férreo más que el contraído con los entrenadores del club ofreciendo mi ayuda y la coordinación de la Metodología es muy distinto, es más cómodo. Me gusta. Me implico y me lo curro, pero no es tan asfixiante como el ser entrenador. Y si se hace bien, dará gusto decir que fui parte de ese momento en el que cambió el club. Puede que no salga, pero me encanta el fútbol y ver cómo crece un proyecto desde cero es precioso. No creo que vuelva a entrenar: el trabajo, la casa, la familia… pero en la grada o en el “palco VIP” estaré seguro viendo partidos de mi club o de un amigo.-
Mi explicación se extendió demasiado, quizás porque yo mismo necesite justificarme para entender qué estoy haciendo y por qué. Pero está claro, el fútbol ahoga. Y mi nuevo cargo, mi responsabilidad, es muy distinto y mucho menos exigente. Se respira fútbol, pero se respira más.

Y después de latas y botellas de Coca-Cola, cuando no nos queda equipo que analizar ni club al que no le saquemos una pega, nos miramos y sacamos en claro que todavía quedan muchas latas más y muchas discusiones más para arreglar esto que nos gusta tanto. Que el césped llama, el vestuario, el banquillo, la tensión en el estómago justo cuando el árbitro pita para que empiece el juego, la pizarra pintarraqueada, los ejercicios a lápiz corregidos a bolígrafo, las bolitas del césped artificial enredadas en los calcetines recordando una pisada colocando una posta, un cono, una valla o recogiendo un balón. No sabemos por qué, pero los tres, con el bañador ya medio seco y la barriga extendida después de tanto beber y comer, tenemos el presentimiento de que aún nos queda un “venga, eh, vamos, dale fuerte, va, vamos chavales, arriba, eh…” escondido entre los labios y que tarde o temprano, de un modo u otro, en el club que sea, con un cargo o como entrenador, saldrá con aire algún día, con fuerza, con ilusión. Porque en aquella piscina del domingo sólo flotaron los triunfos y los buenos sabores. Y aunque se atrevieron a salir un rato a flote los tristes recuerdos o el fútbol más amargo, se fueron pronto hacia el fondo azulado de la piscina. Y ahí se quedarán, para que los recordemos, pero jugando en la superficie con lo bueno, lo que flota en nuestra memoria.

Rutas por Nueva York. Parte IV: MoMA y milla de los museos.


Esta ruta es la última ya de esta serie, puesto que el siguiente día contraté una visita a Washington, que recomiendo totalmente, con “City Travel NYC”. Esta compañía tiene otras visitas culturales bastante interesantes. Pero el miércoles, el día del que vamos a hablar, me pateé la quinta avenida y lo alterné con visitas al museo y al Central Park. ¡Sigamos y terminemos pues!

La milla de los museos se halla enclavado en el Upper East Side, el barrio más rico de todo Estados Unidos. Pero el MoMA, que es al que teníamos entrada, está en la 5th avenida, pero metida en el cogollo de macrotiendas chuli-guays. Este es el que tiene obras contemporáneas, de Andy Warhol, Picasso o Van Gogh, incluso algunas que, debido a lo modernas y recientes que son, están siendo estudiadas para ver dónde las encuadrarían, nunca mejor dicho.

Para llegar al MoMA hay muchas líneas de metro, nosotros tuvimos que coger el metro M, hasta la parada 5Av/53 St.

Dependiendo de lo que tardemos visitando el museo, pues se saldrá a una hora u otra. En este caso no es un Museo del Prado o un Bellas Artes, que podrías pasar toda una mañana. Tiene muchas menos obras y tienes que ser muuuuuuy recalcitrante si necesitas toda la mañana para ver el museo entero… Se supone que vamos para estar allí a la hora que abren, sobre las 10’15, así que no debe ser todavía la hora de comer (o muy próxima). Nosotros ya teníamos la entrada, cuesta 25$ por persona y se pueden sacar por la web (lo más recomendable). Para ser sinceros, las entradas las veía un muchacho en una cinta, al que si yo le enseñaba una entrada del último concierto de “Los Diablos” en el hotel de Fuengirola al que fui con mis abuelos en el verano del 2002 también creo que me hubiese dejado pasar. Pero nosotros vamos de legales, no seáis tan malotes y pagad la cultura, narices.

No voy a comentar cada una de las obras que había (algunas exposiciones temporales, yo cogí una de fotografía que me encantó). Así que pasamos al tema de comida: Hay un Dean&Deluca, una tienda/mercadito de la que ya habíamos hablado antes, muy cerca del MoMA, en la 56th, antes de llegar al Carnegie Hall. También hay un Stage Deli en 834 7º Av. (Entre la 53 y 54). Este es el sitio donde ponen los pastramis, ensaladas y cosas del estilo. Muy recomendable. Y muy cerca. A dos manzanas. También podemos esperar a llegar al edificio Dakota, porque hay un Gray's Papaya (2090 Broadway con Amsterdam Av., en la 72nd, tras el Dakota).

Del museo salimos por detrás, por la 54th, para dar con la tienda de Manolo. Bueno, sin Blahnik pierde mucho. El número 31. Tiene un escaparate muy pequeño, pero a quien le gusten y entienda de zapatos, pues como que llega al orgasmo, como el caso de mi novia. Más gustillo le tiene que entrar al vendedor cuando cobra lo que cuestan los taconcitos esos.

Ahora vamos a la 6th avenida, para ir subiendo hasta Central Park. Antes, vamos a la izquierda en la 56th, para pasar por el Carnegie Hall: Es uno de los lugares más significativos en los Estados Unidos tanto para los músicos clásicos como para los populares, famoso no sólo por su belleza e historia, sino por su fina acústica. Ubicado entre la 7th Avenida y la Calle 57, a dos manzanas de Central Park. Es uno de los sitios donde triunfó John Williams en sus inicios, del que ya hablamos en el blog.


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Ahora giraremos a la derecha, hasta llegar al parque, ahora sí. Entraremos por West Dr, que llega hasta una bifurcación, donde tomaremos el camino de la izquierda, para llegar al memorial de John Lennon, la placa de IMAGINE.

Saliendo del parque podremos ver el edificio Dakota, donde lo mataron. El parque no es tan “fácil” de seguir si no tienes un buen mapa, ojo con eso. A ver, tarde o temprano saldrás, supongo que vivo, pero que si quieres buscar una estatua en concreto o algún lago que te han dicho, pues a lo mejor no es tan sencillo. Nosotros buscamos la de Balto. Me hacía gracia. Lo busqué en Google Maps, sí, tío, soy así. También hay una de Alicia en el País de la Maravillas. Pero mola menos. Balto no se drogaba.

Volvemos a la bifurcación de West y tenemos dos opciones:
  • Cruzamos el parque y salimos hacia la milla de los museos, en cuya 6th avenida están las boutiques más caras del universo mundial.
  •  Cruzamos el parque hasta llegar a la East, como es lógico, para bajar hasta la estatua de Balto.
En cualquier caso, tenemos que llegar a la 65th, donde empezaría la 5th Avenida.

Vamos a salir al principio de la milla de los museos, pero me parece un pateo enorme para nada, porque sólo podríamos ver la fachada (al igual que pasaba con el Museo Natural, que está más pallá del Dakota). Pero saldremos al Museo Judío. Eso es lo que hice con mi novia. Pero para quien tenga fuerzas suficientes o tenga entradas para otros museos distintos al MoMA, que fue el que yo visité, pues le puede venir mejor esa ruta. El Museo de Ciencias Naturales me dijeron que era una pasada. Nosotros preferimos el de Arte Moderno, pero creo que también merecería mucho la pena si tenéis tiempo de sobra. Y fuerzas, que esto cansa tela… Leer la nota al final del artículo*.

Bueno, pues después de cruzar la entrada del ZOO de Central Park, vamos a caminar por toooooda la 5th avenida. Aunque ya deberíamos haber comido ALGO.

Norte del Midtown (Top of the Rock (Rockefeller Center), 5th Avenida: Nike en Trump, Cartier, Zara, Sony, Tiffanys, Sacks y Radio City Music Hall):

 Viniendo por la vera del parque ya hemos tenido que ver el monumento a la Armada, en la plaza de su mismo nombre, y el mítico Hotel Plaza haciendo esquina.

Adentrándonos ya en la 5th avenida y “bajando” las calles, en el cruce con la calle 58, tenemos la tienda de APPLE y Cartier (En navidad el edificio lo envuelven con un enorme lazo rojo y en sus balcones ponen soldaditos de plomo de tamaño natural). Si hubiésemos seguido por la 59 un poco más abajo (Lexington), tenemos los almacenes Bloomingdale's y justo enfrente una tienda ZARA, pero mejor seguir por la 5th. También por esa zona del Bloomingdale’s tenemos una franquicia del Café Europe (5th. 127 E. 60th con Lexington Ave.).

En el cruce con la calle 57 tenemos Louis Vuitton a la izquierda, y Bulgari y Tiffanys justo después del cruce, junto al edificio TRUMP. Su centro comercial está revestido de mármol rojo con adornos dorados y con una caída de agua desde lo alto de una de sus paredes. Yo no pude entrar porque el Señor Presidente estaba de visita -aunque en realidad esa era su casa antes de ser Presidente-. También tendremos “Nike Town” (se entra por la calle 57), imagínate la de botines que tiene que haber… Pues sí, los hay. Y camisetas chulísimas. Enfrente del edificio Trump, en la 5th avenida, el Abercrombie, con todo lo que conlleva. Giorgio Armani cruzando ya la 56.

Entre las calles 55 y 56 está la Sony, pero ya haciendo esquina con la Madison Avenue, es decir, viniendo de la 5th avenida, se gira a la izquierda en la 55, y se ven sus dos tiendas en las que encontramos la última tecnología de esta marca.

En la esquina con la calle 53, a la izquierda, está la iglesia episcopal St. Thomas Church.
Seguimos y encontramos Victoria Secret, Versace y un ZARA. Y pa qué más… Al llegar a la 50th, vemos la catedral de San Patrick en la izquierda y el Atlas, la escultura de Lee Lawrie que preside la entrada al Internacional Building. Que, por cierto, tiene una réplica fantástica en la tienda LEGO que hay más adelante:

A los lados de la catedral tenemos dos importantes edificios: a la derecha, entre las calles 49 y 50, los caros almacenes Saks (Louboutin, PRADA… yo qué sé ya la de marcas que se ven aquí); a la izquierda, por donde hemos venido, entre las calles 51 y 52, la torre de cristal Olympic Tower, sede de la Federación de Baloncesto, osea de la NBA. Nosotros nos confundimos y creímos que era la tienda de la NBA, pero no, la tienda de la NBA está en la 49. Y merece mucho la pena ir, porque tienen camisetas, sudaderas y todo tipo de material deportivo de todos los equipos de la liga. Incluso un rincón de “viejas glorias”, donde venden cosas de los ochenta y los noventa.
Bueno, pues seguimos. Giramos a la derecha (o volvemos por donde veníamos, dependiendo de lo que hayamos hecho en los centros comerciales estos), para llegar al Rockefeller Center. El paseo ajardinado, llamado Channel Gardens, tiene a sus laterales dos edificios la Maison Française y el British Empire Building en los que hay tiendas, restaurantes y cafeterías (Selectas tiendas como Godiva Chocolatier, Swarovski, Christie’s, Façonnable o Movado). Al final de los jardines tenemos la plaza que sirve de terraza en verano y de pista de patinaje sobre hielo en invierno. La plaza está presidida por la escultura dorada que simboliza a Prometeo. 

Para subir al “Top of the rock”, arriba del todo del rascacielo y que mejores vista tiene de Nueva York, sin lugar a duda alguna, visitar www.topoftherocknyc.com/ Sacar las entradas allí para una hora concreta. Horario de 8:00 a medianoche, el último ascensor sube a las 23:00. La entrada cuesta 35 $.
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Nosotros hicimos reserva para las 20’55 h, ya que después de todo el pateo post-museo, vamos a darle tiempo a las tiendas y a la 5th Avenida. Así vemos, igualmente, el atardecer/anochecer de NY.

Justo detrás, se alza el edificio del más puro estilo Art Deco, la General Electric. El Rockefeller Center se puede sentir orgulloso de tener algunos de los mejores restaurantes de la ciudad como por ejemplo Le Bernadin, en la calle 51, entre las avenidas 6ª y 7ª, especialista en pescado y marisco; Alfredo, especialista en pasta, en la calle 49, entre la Rockefeller Plaza y la 5ª avenida; Rainbow Grill, el italiano que se encuentra en el piso 65 del General Electric con unas espectaculares vistas. Yo no fui a ninguno de estos, la verdad. Compré un perrito barato en un puestecillo de la calle y no me arrepentiré en la vida. Picantito y con su mostacita y su kétchup por encima. Me apetecía cosas sanas de ese estilo.

En la esquina de la calle 51 (estamos en la 50th) y 6ª avenida (que es la siguiente) está la sala de espectáculos más famosa del mundo, el Radio City Music Hall. Dentro del Rockefeller están los estudios de la NBC, una de las principales cadenas de televisión del país. También, al otro lado del Rockefeller, está la tienda de Nintendo, con una estatua enorme de Mario y algunas más en su interior de la princesa Peach, el gorila, etc...

Y viendo el pateo que llevamos, vamos a prescindir de la visita al barrio de las joyerías judías, porque se nos iba de madre un poco el caminito… volvemos a casa.

Hasta aquí nuestro viaje por Nueva York, con cuatro rutas de lo más completas y que mejor resumen la ciudad "que nunca duerme". Pero un aviso: esta ciudad es ENORME, nunca terminarás de hacer todo lo que puedes hacer en Nueva York. Los museos o monumentos sí son escasos, no necesitan tanta dedicación como otras ciudades, como en Europa ocurre en París, Roma o Madrid. No es una ciudad tan "cultural". Es decir, lo que puedes hacer en Nueva York es vivir muchísimas experiencias. Por ejemplo, conté lo de la misa en Harlem, pero también puedes asistir a conciertos de Jazz, a la movida gay del Meatpacking, a un partido de béisbol, uno de baloncesto, uno de hockey... es decir, infinitas posibilidades e infinitos lugares de restauración, con la posibilidad de variar el menú millones de veces (tailandés, tejano, mejicano, latino...). Por eso, es casi imposible no volver en un futuro, porque siempre quedarán cosas por vivir, como por ejemplo, una Navidad con su nievecita y sus compras...

Espero que os haya gustado, dentro de unas semanas volveremos con otra ciudad ;)






Nota:


La milla de los museos nos la saltamos, pero si queremos verla, aquí hay un recorrido:
Es la parte más “rectita” posible. Continúa hacia el Norte dejando a nuestra izquierda Central Park. En la esquina con la calle 65 se encuentra una enorme sinagoga, el Temple Emanu-El. Continuamos hasta la calle 70 y nos encontramos con el primer museo de esta ruta, la Frick Collection, un gran palacio que fue residencia de un industrial llamado Henry Clay Frick. Seguiremos hasta la calle 75 y giraremos a la derecha para llegar a Madison Avenue, la primera que cruza. Aquí tenemos el Whitney Museum of American Art, un interesante museo de arte moderno en el que podrá admirar obras de artistas tan importantes como Andy Warholl. Regresaremos a la 5ª avenida y giraremos a la derecha para continuar hacia el Norte.
El museo más importante, el Metropolitan Museum of Art, está llegando a la 80th.
 

Rutas por Nueva York. Parte III: Little Italy, SOHO, Greenwhich Village.


¡Seguimos dando vueltas por Nueva York! Si te perdiste las dos primeras partes, aquí las tienes: PARTE I, PARTEII.
Hoy vamos a cruzar cuatro barrios muy característicos de la ciudad. Vamos a empezar cruzando una drástica frontera. Tribeca tranquila, cuidada y moderna; Chinatown caótica, ruidosa y bulliciosa. Todo eso con sólo cruzar Broadway. Aquí hay millones de sitios para comer, los recomendados por varios de mis amigos los escribo, aunque algunos de ellos están un poco alejados de la ruta planificada, pero podríais verlos si os apetece… En esta ruta, vamos a necesitar más el mapa, porque vamos a dar ciertos rodeos por tres barrios que están muy juntos y leído como está en este artículo puede ser un poco lioso, pero si tenemos delante el Google Maps o estamos in situ en la ciudad, todo es muchísimo más claro. Aún así, creo que lo mejor que se puede hacer con este post es señalar los puntos claves de la ruta y ya visitarlos a vuestro antojo. Vamos, digo yo.

Comenzaremos adentrándonos en Tribeca, caminando por Canal Street hacia el Oeste. Vamos a coger el metro hasta la parada de Canal St que sale a Broadway. Aquí llega la línea N, que fue la que yo cogí.

Al llegar a Broadway, giramos a la izquierda y seguimos al Sur (bajando) hasta Franklin Street, pasando por Walker St (la primera bocacalle a la izquierda según nuestro avance), White St y una tienda de Harley-Davidson. Una pasada esta tienda. Algo cara, pero merece la pena entrar y echarle un vistazo. Incluso ojear el taller de la planta inferior, que se puede ver desde arriba, en la tienda. En esta esquina nos encontramos con el restaurante Layla, propiedad de Robert De Niro. Hay varios por la zona.
Ahora giramos a la derecha, al Oeste, por Franklin St, para encontrarnos en la esquina de Hudson Street con el segundo restaurante de De Niro, el Nobu. Habremos cruzado el Finn Square y habremos tardado unos cinco minutos en llegar hasta aquí. Continuamos en este sentido por Franklin St. hasta Greenwich Street, donde se encuentra la productora de cine y el tercer restaurante de Robert De Niro, el Tribeca Grill. No, no soy el representante de Robert de Niro ni accionista de sus restaurantes, pero me pasaron una pequeña guía de restaurantes y qué menos que avisarlo, ¿no?

Durante el trayecto por Franklin Street habrás podido observar los típicos edificios de ladrillo rojo que un día fueron almacenes y hoy son carísimos apartamentos.
Bajaremos por Greenwich Street a la izquierda desde donde veníamos, hacia el Sur, hasta Duane Street, la tercera bocacalle que nos encontraremos a la izquierda, donde nos topamos a nuestra derecha con un parque que en otros tiempos fue un mercado de alimentos, el Washington Market Park. Seguiremos por Duane Street, justo antes de llegar al parque.

En el cruce con Hudson Street tenemos el pequeño Duane Park, que es el segundo parque público más antiguo de la ciudad. Girando a la izquierda, en Thomas Street, tenemos el Western Union Building, un edificio de estilo Art Deco de ladrillo marrón. En la fachada del edificio se puede ver un pequeño “escaparate-museo” bastante curioso, con cartas antiguas y una bicicleta típica del repartidor de la Western Union. Disfruta en este barrio de los impresionantes grafitis que hay en muchas fachadas, auténticas obras de arte.
Por Thomas St. llegaremos a West Broadway para seguir hacia el Norte hasta Canal Street. Cruzaremos un parquecito, el Tribeca Park. Si miras hacia atrás podrás ver un enorme rascacielo que destaca sobre los edificios de la zona y del que salen balcones de forma asimétrica. Está muy chulo. También, al fondo, se puede ver el “nuevo” World Trade Center.


Después giraremos a la derecha para adentrarnos, a partir de Broadway, en Chinatown.
Chinatown es un barrio para hacer compras, sobre todo, de artículos de imitación. La principal calle de estas tiendas es, precisamente, Canal Street. Tómate tu tiempo para realizar las compras. No compres en la primera tienda que entres y regatea siempre. Aceptan la mayoría de las veces y, además, suelen tener precios altos porque saben que van a tener que rebajar.  Las tiendas llegan hasta el cruce con Bowery en el que se encuentra la Confucius Plaza y el gran arco que da paso al Manhattan Bridge. 6 calles perpendiculares a la que íbamos. Pero nosotros nos quedaremos en Mott Street.
En esta calle, giramos a la derecha, y entre Canal St. y Bayard St., encontraremos el templo budista Eastern States Buddhist of America con cien budas dorados. La verdad es que a mí me dio cosilla entrar en plan “guiri” y sólo nos quedamos mirando desde la puerta. Es muy pequeño, no esperes una catedral budista ni nada parecido, es casi una tiendecita más.

 Ahora retrocederemos y cruzaremos la Canal Street para seguir Mott Street hasta Grand Street, para atravesar por los mercados de carnicerías, pescaderías, fruterías y alimentación en general. Todos los productos se encuentran a la vista y al aire libre, y el olor en los días calurosos puede ser intenso. Caminar por estas calles hace sentirse a uno estar realmente en una ciudad oriental. Bueno, eso y los miles de chinas que se te acercan en tono cómico-delictivo ofreciéndote “bags,bags,watches…” de imitación. Muy buenas imitaciones, eso sí.
Al llegar a Grand Street nos encontraremos ya en Little Italy, un barrio del que queda muy poco y en el que su único interés son sus restaurantes y cafeterías. Su calle principal es Mulberry (que es una mezcla entre General Merry y Molviedro -broma local-), la primera girando a la izquierda por donde veníamos.
Girando a la izquierda de nuevo, como si quisiéramos volver atrás, pero por Mulberry, se encuentra el restaurante Umberto’s Clam House, lugar en el que fue asesinado el mafioso Joey Gallo en 1972 y la tienda en la que SIEMPRE ES NAVIDAD. Siempre es Navidad, pero también es cara. Y supongo que siempre también.

Más al Norte, subiendo Molviedro otra vez p’arriba, a unos 10 ó 15 minutos, en el cruce con Prince St., se encuentra la Old St. Patrick's Cathedral, que antiguamente fue la iglesia católica más importante de la ciudad. Antes, girando en Spring Street, está el restaurante italiano Lombardi’s (32 de Spring Street), la primera pizzería de América. 

Y más o menos por la zona está el Café Habana, justo pasando la Catedral hacia el este, por la calle Prince St, esquina con Elizabeth St., tirando hacia Bowey. A este restaurante fui yo y está estupendo. Hay sándwiches (aunque se asemeja más a “tacos” mejicanos, pero de montón de sabores y rellenos), la típica mazorca de maíz (que es lo que más se pide ahí), y un montón de porquerías ricas de las que le gustan a todo el mundo. Sí, hay muchísima variedad.
También subiendo Prince Street, metiéndonos en el Soho, tenemos Vesubio (160 de Prince Street entre Thompson Street y West Broadway), una tienda de bocadillos muy bien considerada. A esta también fui. Ponen unos sándwiches espectaculares, que se pueden pedir por mitades o enteros. También tienen “cookies” enormes y riquísimas. Hay ensaladas que puedes pedir a tu gusto, allí mismo te lo preparan. No hay sitio para sentarse, sólo es para llevar.
Recomiendo comer en cualquiera de estos sitios que he dicho, es lo mejor del barrio, su gastronomía. Yo fui al Vesubio para comer (un sándwich buenísimo de Pesto, tomate y pomodoro), con una cookie de postre. Mi novia pidió un sándwich en un Dean&Deluca que había por la zona (es una tienda que en su interior tiene como un mercado con muchísima variedad de productos -sushi, pasteles, carnes, salsas, quesos, ensaladas, sándwiches…-).

Retomamos la ruta. Vamos a meternos en el SoHo. Volviendo a la catedral de San Patricio, cogiendo hacia el norte, o sea, subiendo a la parada de metro y girando en Broadway, nos metemos por ésta última y vemos un Victoria Secret Pink, Mango, Converse, Clarks y AT&T (la última ya haciendo esquina con Spring St) conforme vamos bajando. En el cruce de antes, de Prince St. Con Broadway, se encuentra el edificio rojo del Guggenheim SOHO y también otro edificio emblemático de este barrio, el Little Singer Building, antaño, sede de la compañía de máquinas de coser Singer. Como es lógico, ya hemos entrado en el prestigioso barrio instagramero. Lo llamo así porque por cada esquina ves una modelo haciéndose fotitos para subirlas a Instagram, o ves a un bloguero haciéndose un vídeo comentando las novedades de moda… sí, no exagero, ni pagué para que aparecieran como figurantes, es un barrio muy chic, si queréis llamarlo así.
El Guggeheim Soho, en sus plantas baja e inferior, alberga la minimalista boutique de Prada. Si los precios te parecen desorbitados, prueba con Miu Miu, la línea básica de Prada, que es igual de cara, pero te ponen mejor cara si no vas vestido como debes en esos sitios. Realmente está entre Mercer St. y Greene St.
Continuamos por Greene Street, girando a la izquierda por donde veníamos. Esta calle es el mejor exponente de edificios construidos con hierro colado, conocidos como Cast Iron Building. Las columnas de estos edificios imitan la piedra casi a la perfección, pero la ayuda de un imán te sacará de toda duda.
Si la moda de Prada te ha parecido muy lanzada, pásate por la tienda de Louis Vuitton, entre las calles Prince y Spring. Cuando yo fui estaban cambiando el escaparate y aquello era poco menos que la restauración de la capilla Sixtina… Vamos hasta Spring, giramos a la izquierda (veremos una tienda ADIDAS) y bajamos por Broadway hasta el cruce con Broome, donde se encuentra el edificio más famoso del SOHO, el Haughwout Building, el primero en ser instalado un ascensor Otis. 
Enfrente hay una tienda de Nike y, al girar la esquina, una tienda Adidas. Ambas son espectaculares.

Lo que estamos haciendo en esta ruta es un rodeo a manzanas muy recalcables por sus “tiendecitas”.
Volviendo de nuevo a Spring Street y girando a la derecha para “bajarla”, encontraremos casi haciendo esquina con Crosby St., el restaurante de moda Balthazar. Más al Norte, casi en el cruce de Broadway con Prince St., a su izquierda. El SOHO ha dejado de ser la meca del arte y muchas galerías se han trasladado al barrio de Chelsea. De todas formas, todavía existen exposiciones en Wooster Street, West Broadway y Prince Street. Yo no fui a ninguna, todo hay que decirlo, pero lo vimos anunciado.
Ahora cambiamos de barrio. Continuaremos por Broadway hacia arriba, pasando otro Victoria Secret y la galería Juno. Llegaremos hasta Bleecker Street. Nos encontramos ya en Greenwich Village, el barrio bohemio de Nueva York.
Giramos a la izquierda en Bleecker St. hasta MacDougal Street, tendremos que cruzar unos jardines, además de 3 ó 4 calles que cruzan perpendicularmente por donde vamos. Ahora nos encontramos con el Café Figaro. Vamos a continuar por Bleecker St. Llegamos un cruce raro, en el que la calle sigue a 120 grados. No es que haga mucho calor, es que tiene forma de puntilla mal golpeá. Cerca de la 7th está John´s (278 Bleecker Street), el restaurante italiano donde dicen que suele ir Woody Allen.

Pero nosotros vamos a coger hacia abajo, es decir, en el cruce o bifurcación, que es la 6th avenida, vamos a coger por la izquierda, por Downing Street, hasta la 7ª avenida (primero se llega a Varick St.) y giramos a la derecha para seguir hacia arriba, ahora sí.

Vamos a adentrarnos en el Village elegante. Al llegar a Bedford St. gira a tu izquierda, es decir, en la bifurcación o cruce, a la izquierda. Tras un bloque de casas se encuentra Commerce Street, un callejón en el cual, al fondo, se encuentra un edificio de ladrillo rojo que se trata del Cherry Lane Theatre, uno de los teatros más antiguos de la ciudad, fundado por Edna St. Vincent Millay junto con otros artistas de teatro.
Regresamos a Bedford St. para continuar hasta Christopher Street, donde termina precisamente Bedford St. Antes, en Grove St., entre la 7ª avenida y Hudson Street, está uno de los edificios de estilo federal más representativo, el Grove Court. En el cruce con Grove Street, a nuestra derecha, tenemos el edificio que sirvió para los exteriores de los apartamentos de la serie Friends.
Cruzamos Grove St. y, de nuevo a nuestra derecha, hay un edificio que llama la atención por su originalidad, el Twin Peaks, en el 102 de Bedford St. Pero no tiene nada que ver con la serie...

Al llegar a Christopher Street giramos a la derecha para seguir hacia el Este. Nos encontramos en la mítica calle de la comunidad gay.
En Bleecker St, subiendo desde Cristopher St, en el 401, está Magnolia Bakery, pateillo creo yo… pero como a mi novia le gusta “Sexo en Nueva York”, pues fuimos. Es donde se reúnen las protagonistas de la cultísima y respetable serie de la HBO.
Al llegar al cruce con la 7ª avenida y la calle 4ª, estamos en Sheridan Square. A pocos metros al Este, en Christopher St., nos encontramos con el bar Stonewall, el lugar de la revolución homosexual. Seguimos hasta el cruce de Greenwich Avenue donde se encuentra un edificio rojo con una torre y reloj que se trata de la Jefferson Market Library. Estamos supuestamente en el Jefferson Market Garden.
Esto ya es un pateo, pero creo por lo mismo de antes, lo de la serie de Sara Jessica Parker, a cierta niñita le merece la pena. Giramos a la izquierda para continuar por Greenwich Avenue con dirección al Meatpacking District: acotada por las Calles 12 y 14, entre la Séptima Avenida y el río Hudson. Uno de los escenarios favoritos de las protagonistas de la serie televisiva Sexo en Nueva York.

Lo que vamos a hacer ahora es que vamos a coger Greenwich hasta el cruce con la 7th avenida, giramos y subimos por ésta, paseando por el barrio ese dichoso. Al llegar a la 14th, giramos a la derecha, y bajamos hasta llegar a la 5th. Avenida.
Sigue hasta la 5ª avenida y gira a la derecha para tomar un respiro al principio de la avenida, en el Washington Square Park, unos diez minutos de paseo. Entramos por el Washington Arch, el arco de mármol que conmemora el centenario de la proclamación como presidente de George Washington. Este parque se encuentra siempre animado; por las mañanas por los estudiantes de la New York University, que está cruzando del parque, y por las tardes por artistas en general que toman la fuente como escenario. 
Para cenar, tenemos el Tim Ho Wan, 85 4th Av. Donde ponen los mejores "dumplings" del mundo y una maravillosa carta de comida asiática. Lo que hacemos es que volvemos a la entrada del parque y subimos por la 5th avenida hasta la 10th, giramos a la derecha y bajamos hasta el cruce con la 4th avenida.
Alrededor de este parque no hay restaurantes baratos para reponer fuerzas, aunque siempre se podrá recurrir al McDonalds de Minetta Lane. Pero si quieres degustar buenos platos, nos recomendaron el Minetta Tavern, en MacDougal St. con Minetta Lane. Más económico, pero algo alejado, el restaurante español Spain, en la calle 13, entre las avenidas 6ª y 7ª. Si hemos decidido terminar el día en este barrio, podríamos con una buena actuación de jazz en el Blue Note en W. 3th St., entre MacDougal St, y 6ª avenida. Aunque el mejor club de jazz de la isla es el Village Vanguard, en la 7ª avenida entre la calle 11 y Perry St. Por ahí pasamos ya, pero como que me lo he saltado y ahora no voy a ir ni de coña…
Nosotros lo que hicimos realmente fue cenar en el Café Habana, del que habíamos hablado antes.

Para volver, cogeríamos el metro D en la estación de la foto y haríamos transbordo con otra línea que nos interese. Está en la esquina derecha opuesta a por donde entramos, por el arco.


Bueno, esta ruta puede que haya sido un poco más tediosa, principalmente porque hemos tenido que tirar mucho del mapa. Pero os aseguro que una vez allí, todo es mucho más sencillo. Más que nada porque cuando vas de tienda en tienda, al final hacer una ruta totalmente aleatoria y terminas por coger las calles tres veces en distintos sentidos...

Espero que continueis visitando el blog, durante esta semana tendremos el último paseillo por Nueva York: el MoMA, Central Park, la Milla de los Museos...